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22 de junio de 2015

"¿Quiénes son los dos testigos de Apocalipsis 11?", por Edwin Reynolds

¿Quiénes son los dos testigos de Apocalipsis 11?

Edwin Reynolds
Southern Adventist University


Introducción

Como en tantas imágenes apocalípticas del libro de Apocalipsis, no puede entenderse plenamente los dos testigos de Apocalipsis 11 si se desconoce la manera en que el autor adapta el antecedente del AT. El antecedente de este pasaje es Zacarías 4, pasaje donde se le muestra al profeta del AT un candelabro todo de oro con un depósito encima y siete lámparas, con siete tubos que conectan el depósito con las lámparas. Hay dos olivos junto al candelabro, el uno a la derecha y el otro a la izquierda del depósito. Estos árboles proveen aceite al depósito central, el cual, a su vez, lo vierte en las lámparas.

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Referencias:
El presente estudio fue tomado de Interpretación de las Escrituras: Preguntas y respuestas bíblicas, ed. Gerhard Pfandl, trad. Aecio Cairus y Néstor Alberro (Buenos Aires: ACES, 2012), 422-426. Usado con permiso.

"¿Se refiere a Cristo Proverbios 8?", por Ángel Manuel Rodríguez

¿Se refiere a Cristo Proverbios 8?

Ángel Manuel Rodríguez
Instituto de Investigación Bíblica
Asociación General



Introducción

A través de la historia del cristianismo hubo intérpretes que identificaron la Sabiduría de Proverbios 8 con Cristo, pero ¿se refiere verdaderamente este pasaje al Cristo antes de la encarnación, o es aquí la Sabiduría una personificación de un atributo divino?


__________
Referencias:
El presente estudio fue tomado de Interpretación de las Escrituras: Preguntas y respuestas bíblicas, ed. Gerhard Pfandl, trad. Aecio Cairus y Néstor Alberro (Buenos Aires: ACES, 2012), 196-199. Usado con permiso.

"Setting Apart for the Ministry: Theory and Practice in Seventh-day Adventism (1850-1920)", by Denis Kaiser

Setting Apart for the Ministry: 
Theory and Practice in Seventh-day Adventism (1850-1920)

Denis Kaiser
SDA Theological Seminary
Andrews University


Introduction

When Sabbatarian Adventists began setting apart people for the gospel ministry in the early 1850s, they supported that practice primarily from the NT. They saw the need to apply NT passages regarding ordination or the laying on of hands in order to create order, unity, and harmony among the believers and to prevent the influence of false teachers. While early on they did not want to go beyond the pattern outlined in the NT, they later modified this position and began to allow for adaptation of NT patterns in order to accommodate changing circumstances, insisting merely that all new developments be in harmony with the Bible even if they were not an exact reflection of biblical precedents. Practical necessities, the growing mission of the church, and its increasing organizational structures lead them to create new offices, positions, and ministries. Often new regulations were not supported by any biblical passages, but they were justified on the grounds that the new regulations and refinements were not so much biblical prescriptions but valid human applications of the principle of gospel order to ensure unity, order, and harmony in the church. Reflecting this openness to development, the ordination ceremony itself, which was initially very simple, gradually became more elaborate and came to reflect some basic elements present in the Methodist Episcopal ordination rite.

Though some individuals suggested that baptism was a sacred ordinance that could be conducted only by an ordained minister, Ellen White argued against this. Although she agreed that church members should, for the sake of order, allow the minister to perform the baptism, it was not wrong for them to do it in case of his absence.

While Seventh-day Adventists generally followed the practice of ordaining only those individuals for the ministry that had proven their divine call in evangelistic or ministerial field work, they sometimes also ordained individuals that did not have an experience in these lines of the work. When these individuals had proven their abilities and skills in other lines of the work (educational, administrational, etc.), the church frequently decided to set them apart too. Interestingly, although ordination eventually became a requirement for serving in administrative or educational leadership positions, ordination was not initially a prerequisite for these positions, because these were distinguished from the gospel ministry.

Seventh-day Adventists were generally open to the engagement of women in various lines of ministry, yet it was not their practice to ordain them for the gospel ministry. In earlier years they practiced only the ordination of ministers, elders, and deacons, yet by the 1890s Ellen White recommended the ordination of people, both male and female, for various lines of ministry. Thus she emphasized that ordination was not an act linked solely to the clergy but she envisioned ordination as a practice that set apart and committed people to various specific lines of ministry such as deaconesses, missionaries, medical physicians, etc. Setting people apart for a specific ministry did not automatically turn that person into an ordained minister. Although the church began to implement some of these recommendations, it seems that it never really effectuated them entirely.

In summary, the general Seventh-day Adventist practice of ordination was specifically based on NT passages, yet the practice and its implications developed over time and were influenced by external necessities and the growth of the church structure and the mission of the church. 

For more details, click here.

21 de junio de 2015

"¿Cuán confiable es la Biblia?", por Alberto R. Timm

¿Cuán confiable es la Biblia?

Alberto R. Timm
Ellen G. White Estate
General Conference


El cristianismo deriva su autoridad de la Palabra de Dios. Cristo y sus apóstoles consideraron las Escrituras como una revelación de Dios, con una unidad básica en sus diversas enseñanzas (ver Mat. 5:17-20; Luc. 24:27, 44, 45-48; Juan 5:39). Muchos padres de la iglesia y los grandes reformadores del siglo XVI sostuvieron la unidad y confiabilidad de las Escrituras.

Sin embargo, bajo la fuerte influencia del criticismo histórico de la Ilustración del siglo XVIII, un gran número de teólogos y cristianos consideraron que la Biblia era un mero producto de las culturas antiguas en las que fue concebida. Como consecuencia, la Biblia ya no se considera como consistente y armoniosa en sus diversas enseñanzas, sino más bien una colección de diferentes fuentes con contradicciones internas. Un golpe adicional a la autoridad y unidad de las Escrituras ocurrió durante la segunda mitad del siglo XX debido al ataque del posmodernismo. La nueva tendencia es no enfatizar el verdadero significado de la Escritura, sino los diversos significados que sus lectores le asignan.

Los adventistas del séptimo día, en contraste, han continuado enfatizando la unidad, autoridad y confiabilidad de las Escrituras. Sin embargo, con el fin de mantener tal convicción, es necesario encontrar respuestas honestas a las siguientes preguntas: ¿Sobre qué base podemos hablar de concordancia interna de las Escrituras? ¿Cómo tratamos algunas de las grandes áreas problemáticas en las que la concordancia no siempre es evidente? ¿De qué modo el milagro de la inspiración salvaguardó la unidad de la Palabra de Dios? Y finalmente, ¿cuál es papel del Espíritu Santo en ayudarnos a reconocer esa unidad?

Concordancia interna de las Escrituras

En esta área, necesitamos considerar por lo menos dos problemas fundamentales. Primero, la relación entre la Palabra de Dios y las culturas contemporáneas en las cuales la Palabra fue originalmente entregada. En las Escrituras se puede percibir claramente un diálogo constante entre los principios universales y las aplicaciones específicas de estos principios dentro de una cultura determinada. Esta percepción no puede ser considerada como un condicionamiento cultural que distorsiona la unidad subyacente de la Palabra de Dios, sino precisamente lo contrario: los principios universales que trascienden cualquier cultura específica.

Por ejemplo, la Biblia muestra varios casos en los que Dios toleró alguna clase de alejamiento humano de sus planes originales, como en los casos de la poligamia (ver Gén. 16:1-15; 29:15-30:24; etc.) y el divorcio (ver Mat. 19:3-12; Mar. 10:2-12). Hay otros casos en los cuales los primeros cristianos recibieron el consejo de respetar ciertos elementos culturales específicos, como el hecho de que las mujeres usaran un velo mientras oraban o profetizaban (1 Cor. 11:2-16) y que guardaran silencio en la iglesia (1 Cor. 14:34, 35). Pero el tenor general de las Escrituras es que su religión ha de trascender su ambiente y transformarlo.

G. Ernest Wright explica que “el Antiguo Testamento da un testimonio elocuente acerca del hecho de que la religión cananea era el factor más peligroso y desintegrador que tuvo que afrontar la fe de Israel” (ver Deut. 7:1-6).[1] Floyd V. Filson añade que en el primer siglo después de Cristo, los judíos y los judaizantes posteriores “percibieron el hecho de que el evangelio era una cosa diferente a los mensajes religiosos que ellos habían conocido” y que “estaba quebrantando los límites del judaísmo corriente” (ver Mat. 5:20).[2]

El segundo problema que deben atender quienes están interesados en comprender la unidad de las Escrituras es la perspectiva metodológica desde la cual se consideran las Escrituras. Por el propio testimonio de las Escrituras se puede notar que la Biblia está mucho más cercana al mundo oriental, con un concepto más sistémico e integrador de la realidad, que al mundo occidental, con una perspectiva más analítica y compartamentalizada. Este es un elemento importante para tomar en cuenta en el proceso de definir nuestro enfoque metodológico de las Escrituras.

Si se comienzan a mirar inductivamente las discrepancias dentro de las Escrituras, se terminará “encontrando diferencias más bien que concordancia y unidad”. Pero, por otro lado, si uno comienza mirando deductivamente, se puede descubrir una unidad subyacente que enlaza las diversas partes de las Escrituras.[3] Muchas inconsistencias aparentes podrían armonizarse al pasar de los amplios marcos temáticos de las Escrituras a sus detalles más pequeños, en vez de comenzar con esos detalles sin comprender los marcos básicos a los que pertenecen.

Áreas problemáticas

Sin embargo, hay algunas grandes áreas de supuestas “inconsistencias” internas de la Biblia, que la gente a menudo utiliza con el fin de socavar el concepto de la unidad bíblica. Consideremos brevemente cinco de estas áreas, y veamos cómo podrían resolverse estos problemas.

Las tensiones entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Algunos hablan de varias tensiones dicotómicas entre el Antiguo y el Nuevo Testamento al referirse a temas tales como la justicia de Dios contrastada con su amor, la obediencia a la ley contrastada con la salvación por la gracia. Estas tensiones pueden resolverse si reconocemos claramente la relación tipológica entre ambos Testamentos, y si reconocemos que la justicia y el amor, y la ley y la gracia son conceptos desarrollados a lo largo de ambos Testamentos.

Los salmos imprecatorios. Algunos ven los salmos imprecatorios, con sus oraciones pidiendo venganza y maldiciones sobre los impíos (ver Sal. 35; 58; 69; 109; 137; etc.), como directamente opuestos a las amantes oraciones de Cristo y de Esteban en favor de sus enemigos (Luc. 23:34; Hch. 7:60). Al tratar de resolver este problema, no debemos olvidar que el Nuevo Testamento cita los salmos imprecatorios como inspirados y dotados de autoridad, y que en el Antiguo Testamento los enemigos del pueblo del pacto con Dios eran considerados como enemigos de Dios mismo. Por lo tanto, parece bastante evidente que estos salmos deben ser comprendidos dentro del marco teológico de la teocracia del Antiguo Testamento.

El problema sinóptico. Probablemente nada ha planteado tanta controversia con respecto a la unidad de la Palabra de Dios como el así llamado problema sinóptico. Nunca podremos explicar plenamente cómo fueron escritos los primeros tres Evangelios (Mateo, Marcos y Lucas), cuál fue realmente su dependencia mutua ni cómo armonizar algunas discrepancias menores en los informes paralelos. Robert K. McIver afirma en The Four Faces of Jesus que “no hay razón para suponer que los datos descubiertos por una investigación cuidadosa del problema de los sinópticos proporcionan alguna base para dudar de la historicidad fundamental de los eventos registrados en los Evangelios. En realidad, probablemente es lo contrario y más bien es una evidencia de su confiabilidad”.[4]

Pablo y Santiago sobre la justificación. Otro problema que algunas personas no siempre han comprendido claramente es la tensión clásica entre la afirmación de Pablo de que “todos somos justificados por la fe, y no por las obras que la ley exige” (Rom. 3:28, NVI), y las palabras de Santiago de que “el hombre es justificado por las obras, y no solamente por la fe” (Stgo. 2:24). Pero esta tensión se puede resolver si recordamos que mientras Pablo está respondiendo a un uso legalista de las “obras de la ley” como medio de salvación (Rom. 3:20; cf. 3:31; 7:12), Santiago está criticando la profesión antinomiana de una fe “muerta”, sin frutos, como la fe no comprometida de los demonios (Stgo. 2:17, 19).

Errores de hechos. Hay algunos que niegan la unidad subyacente de la Palabra de Dios porque supuestamente contiene una gran cantidad de así llamados “errores de hechos”. Muchos de estos supuestos “errores” no lo son realmente sino sólo una comprensión incorrecta de los problemas verdaderos involucrados en ellos. Un ejemplo de éstos es la manera en que Edwin R. Thiele demostró que las muchas brechas y discrepancias en la cronología bíblica de los reyes de Israel y de Judá podían ser bien sincronizadas.[5] Al mismo tiempo, tenemos que darnos cuenta de que no podemos resolver todas las dificultades de las Escrituras.[6]

A pesar de la existencia de algunas inexactitudes en detalles menores, existe suficiente evidencia para mostrar que esas inexactitudes no distorsionan el concepto básico entregado por el texto en el cual aparecen y que no rompen la unidad subyacente de la Palabra de Dios.

Sin embargo, alguno preguntará: ¿Por qué permitió Dios que permanecieran esos problemas en las Escrituras? ¿No podría él haber resuelto algunos de ellos para que nuestra comprensión fuera mucho más fácil? Estas no son preguntas fáciles de responder, pero yo creo que Dios tenía algunas razones importantes para no resolver estos problemas.

Recordemos que Dios confió su mensaje a seres humanos —“vasos de barro” (2 Cor. 4:7)— y ellos a su vez lo comunicaron en su lenguaje imperfecto. Además de esto, la Palabra de Dios tiene la intención de ser una “luz” para el sendero (Salmo 119:105) de todos los seres humanos en todas las épocas y en todo lugar. Como “pan” espiritual (Mat. 4:4) que testifica acerca del “pan vivo que descendió del cielo” (Juan 6:51), la Biblia tenía que hablar tanto a ricos como a pobres, educados e ignorantes, en el contexto en el cual ellos vivieron.

Si la Biblia fuera monótonamente uniforme, la gente la leería una o dos veces y luego la pondría a un lado como hacemos con los diarios viejos. Pero la Biblia tiene una “rica y colorida variedad de testimonios armoniosos de rara y distinguida belleza”, que la hace tan atrayente.[7] Aunque su mensaje básico es perfectamente comprensible aun para las personas comunes, la Biblia tiene tal profundidad de pensamiento que ni todos los eruditos ni las personas sencillas que la han estudiado a lo largo de los siglos, han sido capaces de agotar su significado ni resolver todas sus dificultades.

El milagro de la inspiración

Pero, ¿de qué manera el milagro de la inspiración salvaguardó la Palabra de Dios? ¿Hasta qué punto podemos esperar que haya concordancia dentro de las Escrituras? ¿Deberíamos suponer, como hacen algunas personas, que la Biblia es confiable sólo en asuntos relacionados con la salvación? ¿Podemos aislar las porciones cronológicas, históricas y científicas de su propósito general de salvación?

Como lo analicé en otro artículo, la Biblia pretende tener una naturaleza integral que forma una unidad indivisible (Mat. 4:4; Apoc. 22:18, 19) y que tiene por objetivo la salvación (Juan 20:31; 1 Cor. 10:11). Además, la Escritura describe la “salvación” como una amplia realidad histórica, relacionada con todos los otros temas bíblicos. Y es precisamente esta interrelación temática la que hace casi imposible que alguien hable de la Biblia en términos de dicotomía como si en algunas partes fuera confiable y en otras no.

“Por cuanto el propósito principal de la Biblia es edificar la fe para la salvación (Juan 20:31), sus secciones históricas, biográficas y científicas a menudo proporcionan sólo la información específica necesaria para alcanzar esta meta (Juan 20:30; 21:25). A pesar de su selectividad en algunas áreas del conocimiento humano, eso no significa que las Escrituras no son dignas de confianza en esas áreas. ‘Toda la Escritura es inspirada por Dios’ (2 Tim. 3:16) y nuestra comprensión de la inspiración debería siempre sostener este panorama integral y que abarca todo”.[8]

Sin aceptar la inerrancia calvinista, tenemos suficientes razones para creer que la Biblia es infalible en su propósito salvador y confiable en toda su interrelación temática. De acuerdo con T. H. Jemison, en las Escrituras “hay una unidad en el tema: Jesús, su cruz y su corona. Hay armonía completa en sus enseñanzas: las doctrinas del Antiguo Testamento y las del Nuevo Testamento son las mismas. Hay una unidad de desarrollo: un progreso constante desde la creación a la caída, a la redención y a la restauración final. Hay unidad en la coordinación de las profecías”.[9]

El papel del Espíritu Santo

La unidad subyacente de la Palabra de Dios fue producida por la acción directa del Espíritu Santo en la producción de las Escrituras. Pablo dice en 2 Timoteo 3:16 que “toda la Escritura es inspirada por Dios”. Pedro añade que “ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada, porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo” (2 Ped. 1:20, 21).

Como el Espíritu Santo fue quien generó la unidad de la Palabra de Dios, sólo él puede iluminar nuestras mentes para percibir la unidad que enlaza la Biblia. Cristo prometió a sus discípulos que el Espíritu Santo vendría para guiarlos a “toda la verdad” (Juan 16:13). Pablo explica que el Espíritu es quien enseña, “acomodando lo espiritual a lo espiritual” (1 Cor. 2:13).

Conclusión

Desafortunadamente, muchos cristianos hoy han perdido su confianza en las Escrituras, y están releyéndolas desde la perspectiva de sus propias tradiciones (los tradicionalistas), su propia razón (los racionalistas), su experiencia personal (los existencialistas), y aun las culturas modernas (los culturalistas). Cansados de la aridez de estas teologías humanas, muchos otros están buscando un terreno más firme sobre el cual anclar su fe.

Pero si nuestra ancla está afirmada en la Palabra misma y creemos que su testimonio no es el resultado de invenciones humanas, sino un don divino para la humanidad con el fin de revelar a Dios y su amor redentor, no tenemos nada que temer o perder. El Espíritu Santo que generó el origen, la unidad y la autoridad de la Palabra, también puede iluminar nuestra mente para reconocerla como tal. Las teorías humanas pueden ir y venir (ver Fil. 4:14), pero “la palabra del Dios nuestro permanece para siempre” (Isa. 4:8).

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Referencias:
*Este artículo fue tomado de la revista Diálogo Universitario 13/3 (2001): pp. 12.14.
1. Ernest Wright, The Old Testament Against Its Environment (Chicago: Henry Regnery, 1950), p. 13.
2. Floyd V. Filson, The New Testament Against Its Environment (London: SCM Press, 1950), p. 96.
3.   Ekkehardt Mueller: “The Revelation, Inspiration, and Authority of Scripture”, Ministry (Abril, 2000) pp. 22, 23.
4. Robert K. McIver, The Four Faces of Jesus: Four Gospel Writers, Four Unique Perspectives, Four Personal Encounters, One Complete Picture (Nampa, ID: Pacific Press, 2000), p. 220.
5. Ver Siegfried H. Horn: “From Bishop Ussher to Edwin R. Thiele”, Andrews University Seminary Studies 18 (Spring 1980):37-49; Edwin R. Thiele: “The Chronology of the Hebrew Kings”: Adventist Review (17 de mayo, 1984), pp. 3-5.
6. Ver Elena G. White: Obreros evangélicos (Mountain View, Calif.: Pacific Press Publ. Assn., 1957), p. 327.
7. Creencias de los adventistas del séptimo día: Una exposición de las 27 doctrinas fundamentales (Boise, ID: Pacific Press, 1993), p. 21.
8. Alberto R. Timm: “Understanding Inspiration: The Symphonic and Wholistic Nature of Scripture”: Ministry (Agosto, 1999), p. 14.
9. T. H. Jemison, Christian Beliefs: Fundamental Biblical Teachings for Seventh-day Adventist College Classes (Mountain View,CA: Pacific Press, 1959), p. 17.

"La doctrina de la Trinidad: ¿Por qué es importante?", por Woodrow W. Whidden

La doctrina de la Trinidad: ¿Por qué es importante?*

Woodrow W. Whidden
SDA Theological Seminary
Andrews University



No recuerdo haber oído ningún sermón sobre la Trinidad cuando era niño. Y no fue hasta el último año de estudios en el Seminario en que escuché una exposición sustancial sobre el tema. En una asignatura sobre la doctrina de Dios, mi profesor hizo un comentario detallado de la historia y la base bíblica de la doctrina de la Trinidad. Debo confesar que el tema me resultó un tanto misterioso e impráctico. Sin embargo, mi trayectoria teológica iba a llevarme a desarrollar un interés profundo en el tema, que finalmente se convirtió en una pasión. Mi indiferencia se ha transformado en la convicción inamovible de que la doctrina de la Trinidad es la expresión teológica central del pensamiento y práctica cristianos. En efecto, lejos de ser un misterio irrelevante, da expresión al núcleo central de lo que los cristianos profesan creer sobre la naturaleza de Dios y su plan para la felicidad humana.

Pensar la teología implica dos pasos indispensables. Primero, el “qué” de una doctrina. Esta etapa del “qué” a su vez contiene dos facetas: (1) expresar claramente la doctrina, y (2) evaluar la base bíblica para enseñarla. El segundo paso es reflexionar sobre el “y entonces qué”. Esta etapa busca dejar en claro asuntos tales como las implicaciones teológicas y prácticas de la doctrina, especialmente su coherencia respecto de otras enseñanzas cristianas y la cuestión de la salvación personal, o reconciliación con Dios.

El “qué” de la Trinidad

La creencia fundamental No. 2 de los adventistas del séptimo día explicita: “Hay un solo Dios, que es una unidad de tres Personas coeternas”.[1] Con respecto a esta declaración, tanto la iglesia cristiana en general como el movimiento adventista del séptimo día en particular han tenido que lidiar con desafíos cruciales. La cuestión de Dios como Padre nunca ha sido controvertida debido a una larga tradición de enseñanza cristiana ortodoxa.
Si bien la vasta mayoría de los cristianos han afirmado siempre la eterna deidad del Padre, ha habido controversia sobre otras cuestiones: la plena y eterna deidad del Hijo, la personalidad divina del Espíritu Santo, y la profunda unidad del trío de Personas divinas. El espacio aquí no permite una presentación detallada de los elementos de prueba bíblicos que establecen la unidad trina y una de Dios. Pero si podemos dejar sentadas la plena deidad del Hijo y del Espíritu Santo, es simplemente lógico que haya también una profunda unidad de estas Personas con el Padre. Por tanto los cristianos siempre han profesado su fe en un único Dios (monoteísmo), que se manifiesta como una unidad tripersonal (no como tres dioses, o triteísmo) íntimamente ligada por amor.

La plena deidad del Hijo

Son tres los tipos de evidencias bíblicas de que Jesús era inherentemente divino y poseía la misma naturaleza y sustancia que el Padre.[2]

1. A Jesús se lo llama explícitamente Dios en el Nuevo Testamento. Hebreos 1 contrasta a Jesús con los ángeles. En los versículos 7 y 8 el autor asevera que Dios hizo a los ángeles “espíritus”, mientras que del Hijo dice: “Tu trono, oh Dios, por el siglo del siglo” (1:8, RVR). Este versículo es uno de los siete que en el Nuevo Testamento aplican el término griego que significa Dios (theos) directamente a Jesús. Los otros seis son Juan 1:1, 18; 20:28; Romanos 9:5; Tito 2:13; y 2 Pedro 1:1. Dejemos bien en claro lo que el autor de Hebreos y los otros autores del Nuevo Testamento están diciendo en estos versículos: se refieren a Jesús como “Dios” y en Hebreos el escritor está interpretando un versículo del Antiguo Testamento, aplicando a Jesús el Salmo 45:6, que originalmente se dirigía al Dios del Antiguo Testamento.

2. Jesús se aplicó a sí mismo títulos y prerrogativas divinos. El ejemplo más claro se encuentra en Juan 8:58: “Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: Antes de que Abraham fuese, yo soy”. Con toda sencillez, lo que Jesús está diciendo aquí es que él es el Dios del Éxodo, aplicándose a sí mismo Éxodo 3:14: “Y respondió Dios a Moisés, YO SOY EL QUE SOY”.

Además, este Dios que habla en Éxodo 3:14 deja en claro su identidad como “Jehová, el Dios de vuestros padres, Dios de Abrahán, Isaac y Jacob” (v. 15). En otras palabras, Jesús no sólo aseveró ser el Dios del Éxodo, sino también el Jehová de los patriarcas. No de balde, entonces, los incrédulos fariseos “tomaron entonces piedras para arrojárselas” (Juan 8:59), que era el castigo de la blasfemia en el Antiguo Testamento (ver Juan 5:17, donde Jesús hace una aseveración similar).

3. Los escritores del Nuevo Testamento aplican nombres divinos a Jesús. En Hebreos 1:10-12 la inspiración aplica a Jesús el título supremo del Antiguo Testamento para Dios (YHWH o Jehová). El autor de Hebreos le aplica el Salmo 102:25-27. No era desacostumbrado para los autores del Nuevo Testamento hacer este tipo de aplicación, pero lo que es llamativo en este caso es que este Salmo estaba dirigido originalmente al Jehová del Antiguo Testamento. Por tanto, el autor neotestamentario se sentía cómodo al aplicar a Jesús pasajes que originalmente se referían al Dios eterno de Israel. Esto implica claramente que Jesús es Jehová, el Señor del Antiguo Testamento. Apocalipsis 1:17 cita palabras de Jesús refiriéndose a sí mismo como eterno, “el primero y el último”.

La plena deidad del Espíritu Santo

Las Escrituras proveen numerosas líneas de evidencia que atestiguan la naturaleza divina del Espíritu. La más representativa viene del libro de los Hechos, en la historia trágica de Ananías y Safira. Estos esposos denegaron privadamente el voto sagrado que habían hecho a Dios. Cuando vinieron a depositar públicamente sus ofrendas parciales a los pies de los apóstoles, cayeron muertos. Instantes antes, Pedro había preguntado a Ananías: “¿Por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo?”. A esto sigue la sorprendente revelación “No has mentido a los hombres, sino a Dios” (Hechos 5:3, 4). La implicación más obvia es que el Espíritu Santo es un ser divino.

Otras evidencias aparecen en los muchos pasajes que describen la obra del Espíritu como algo que es exclusivo de Dios. El ejemplo más claro está en 1 Corintios 2:9-11. Pablo declara que sus lectores pueden tener un conocimiento completo de las cosas “que Dios ha preparado para aquellos que le aman” (v. 9). ¿Y cómo es posible tal conocimiento? Porque “Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu” (v. 10). “Porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios. Porque, ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así también nadie conoció lo que es de Dios, sino el Espíritu de Dios” (vv. 10, 11). Lo que el pasaje enseña es esto: Para conocer lo que es verdaderamente “del hombre” uno debe obtener tal información de un ser humano. De manera paralela, sólo un ser divino puede conocer en verdad lo que está en la mente y el corazón de otro ser divino.

El “y entonces qué” de la Trinidad

¿Cuáles son los “y entonces qué” de la plena deidad tanto del Hijo como del Espíritu? Antes de abordar estas importantes preguntas necesitamos tratar un asunto que inquieta a muchos: La aparente falta de lógica de creer que tres equivalen a uno. Tales cuestiones inquietan especialmente a las mentes racionalistas de muchos universitarios y a nuestros amigos monoteístas musulmanes.

La objeción lógica. Millard Erickson ha sugerido que la razón humana no puede tolerar una matemática trinitaria donde “3 = 1”. Si uno va al supermercado, elige tres panes, y entonces trata de convencer a la cajera de que los tres son realmente uno, de modo que no necesita pagar más que uno, es seguro que la cajera llamará de inmediato a un guardia de seguridad.[3]

La primera respuesta a la lógica del pensamiento trinitario es admitir que estamos tratando con el más profundo de los misterios. De hecho, en las relaciones amorosas se produce una profunda unidad social o emocional. ¿Hemos de decir entonces que las relaciones amorosas son totalmente ilógicas e incoherentes? Creemos que no. Y parece que esta es la mejor manera de dar cuenta coherentemente del misterio de la Trinidad y su unidad plural.

Erickson señala sabiamente el camino a una respuesta: “Proponemos, por tanto, pensar de la Trinidad como una sociedad de personas que constituye, sin embargo, un único ser. Si bien esta sociedad de personas tiene dimensiones en sus relaciones interpersonales que no se encuentran entre los humanos, hay paralelos esclarecedores. El amor es la relación vinculante dentro de la Deidad que une a cada Persona con las otras”.[4]

Erickson apela directamente a 1 Juan 4:8, 16: “Dios es amor”. ¿Comprendemos de veras la profundidad de esta declaración inspirada tan cautivante en su sencillez? Estas tres significativas palabras nos ayudan a comprender a un Dios que ha existido eternamente en un estado de unidad trinitaria. “La declaración ‘Dios es amor’ no es una definición de Dios, ni tampoco meramente de uno de sus múltiples atributos. Es una caracterización esencial de Dios”.[5]

Para los cristianos trinitarios, la cuestión clave acerca de Dios se relaciona con su amor. Dios es “amor” en la esencia misma de su ser y es su característica fundamental. Y si Dios es verdaderamente el Dios de “amor” (Juan 3:16 y 1 Juan 4:8), necesitamos considerar las siguientes implicancias:

¿Puede realmente Aquel que existe desde la eternidad —y que nos hizo a su imagen—, puede este Dios ser llamado “amor” si existía como ser único y solitario? ¿No es acaso el amor, y especialmente el amor divino, posible sólo si Aquel que hizo nuestro universo era un ser plural, que ejercía amor dentro de su pluralidad trinitaria desde la eternidad? ¿Acaso no es verdad que el amor real, desinteresado, es posible solamente si procede de ese Dios quien, por su propia naturaleza, era y es y será por siempre un Dios de amor, como una trinidad de seres en sociedad?

Nos sentimos impulsados a afirmar que Dios es una trinidad de amor y que este amor ha encontrado su revelación más profunda en la obra de creación, encarnación, vida, muerte, y resurrección del divino Hijo de Dios. La unidad trinitaria de Dios, en última instancia, no es ilógica. De hecho, es la fuente de la única lógica que tiene real sentido: un amor abnegado, en mutua sumisión, y que se manifiesta en la gracia de su poder creador y redentor.

Tal amor infinito debe ser comunicado en forma práctica a los seres limitados y pecaminosos. Y aquí es donde el “¿y entonces qué?” de la plena deidad del Hijo y del Espíritu se proyecta en el drama de la creación y redención.

La deidad de Cristo: Implicaciones

En primer lugar, antes de que la Trinidad pudiera hacer valer la eficacia salvadora de la vida y muerte de Cristo para la redención de los pecadores, existía la necesidad urgente de revelar a seres humanos enajenados por el pecado acerca de cómo es en realidad Dios. El único ser que podía ofrecer una revelación auténtica de la naturaleza divina era Dios mismo. Esta habría de ser la misión primaria de Jesús, el divino Hijo de Dios. Y al hacer provisión para la salvación de los seres humanos en rebelión, mediante su muerte expiatoria, sólo Aquel que es igual al Padre en su naturaleza divina podía ofrecer un sacrificio capaz de satisfacer plenamente la justicia de Dios. Sólo un Cristo plenamente divino, por medio del Espíritu Santo, era lo suficientemente poderoso como para re-crear a seres dañados por el pecado en la imagen del carácter divino. Sólo el divino Hijo podía efectuar la conversión o el nuevo nacimiento y transformar el carácter humano para que refleje la imagen divina. En resumen, sólo el Hijo que es amor encarnado puede manifestar y hacer efectivo tal amor transformador.

La plena deidad del Espíritu

Como en el caso de la deidad del Hijo, las implicaciones teológicas de la deidad del Espíritu surgen de las cuestiones relacionadas con la intención divina de redimir a la humanidad manchada por el pecado. Por cierto, si sólo Aquel igual en naturaleza y carácter al Padre podía ofrecer un sacrificio eficaz por el pecado; por igual razón, sólo aquel Espíritu que es plenamente divino podía comunicar con eficacia el beneficio de este sacrificio a los seres humanos pecadores. Era necesario un Espíritu plenamente divino para revelar al pecador la obra del plenamente divino Hijo de Dios (1 Corintios 2:7-12).

Sólo el Espíritu tendría el poder de persuadir a la humanidad caída acerca del gran amor de Dios. Sólo Aquel que está eternamente ligado al corazón de amor abnegado del Padre y el Hijo puede comunicar con eficacia tal amor. Sólo Aquel que ha actuado con el Hijo en la creación está equipado para realizar la nueva creación dentro de almas arrasadas por las fuerzas destructivas de Satanás y el pecado (Romanos 8:10, 11). Sólo Aquel que está en plena sintonía con el corazón del ministerio encarnado de Jesucristo, y al mismo tiempo es capaz de estar en todas partes al mismo tiempo con la omnipresencia de Dios tiene la capacidad de presentar la presencia personal y redentora de Cristo al mundo entero. El único Ser que puede hacer tales cosas es el Espíritu Santo, personal y omnipresente.

Una exhortación

Quiero invitar a cada lector a sopesar con cuidado y oración la doctrina de la Trinidad y su profunda implicación para la vida y el destino que el Dios de la Biblia nos ofrece a cada uno de nosotros. Esta doctrina satisface la demanda moderna de una solución racional a la problemática del hombre en rebelión contra Dios, y al mismo tiempo ofrece un misterio atractivo para los gustos de los posmodernos, más afectos a lo relacional. Además, el pensamiento trinitario ofrece una visión de la vida en relaciones de amor que refleja la más profunda realidad ofrecida por Aquel que ha hecho el mundo con amor y está tratando de redimirlo del pecado, que es la mayor antítesis del amor divino.

Además, no se me ocurre ningún argumento mejor al relacionarnos con las preocupaciones monoteístas de nuestros amigos musulmanes. Si el amor abnegado de Jesús —el Hombre de avanzada de la Trinidad— no puede rescatarnos de nuestra situación, no hay nada que lo pueda lograr. Los recursos del amor que fluye del Padre, hechos carne en Jesucristo y comunicados por la plenamente divina Persona del Espíritu Santo nos ofrecen la visión teológica más rica que se pueda imaginar para el destino de un mundo caído.

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Referencias:
*El presente artículo fue tomado de la revista Diálogo Universitario 16/3 (2004): pp. 11-13. Usado con permiso.
1. Creencias de los adventistas del séptimo día: Una exposición bíblica de 27 doctrinas fundamentales, edición revisada (Boise, ID: Publicaciones Interamericanas, 1988), p. 24.
2. Para una presentación más abarcante de la evidencia, ver mis capítulos en la Sección Uno de The Trinity: Understanding God’s Love, His Plan of Salvation and Christian Relationships (Hagerstown, MD: Review and Herald Publ. Assn., 2002), pp. 16-119.
3. Millard Erickson, Making Sense of the Trinity: Three Crucial Questions (Grand Rapids, MI: Baker, 2000), pp. 43, 44.
4. IbÍd., p. 58.

5. IbÍd.